En la página 30 del primer fascículo
presentando el carácter alcazareño y por tanto manchego:
MUJERES REPRESENTATIVAS
A CUYO NOMBRE VAN VINCULADAS
PEQUEÑAS
INDUSTRIAS LEGENDARIAS DEL
LUGAR
varios
personajes como ejemplo y entre ellos a, Doña Gregoria Cervantes Carpio "La
del Chocolate", que dice así.
¡Conmovedora vida la de la Gregoria!.
Cuando éramos chicos le decían la Golilala,
por ser de esta familia, o la viuda de Ambrosio, por serlo de
Ambrosio Escribano.
Como casi todas las mujeres que han de
figurar en estas páginas, tuvo mucha familia, lo que a ninguna
impidió desarrollar su gran trabajo y hacer buen capital, dicho
sea sin propósito de convencer y estimular a las que hoy parecen
que no sirven ni para lo uno ni para lo otro; pero la Gregoria
del Chocolate, con cuya denominación se la conocerá siempre ya,
tuvo la desdicha de ver morir mayores a sus diez hijos, algunos
ya casados, y dos nietos también adultos, con lo que su vida, a
partir del fallecimiento de Ambrosio, fue una serie
ininterrumpida de enfermedades y entierros hasta el año 1934,
que acabó sus días a los 76 años.
¡Es verdaderamente extraordinario el caso de
la Gregoria del Chocolate, como pudo mantener su industria tan
acreditada hasta última hora en medio de tanto sufrimiento sin
que decayera su espíritu ni se quebrantara su energía! No hay
duda que Dios, que siempre pone la medicina junto a la llaga,
hizo que esta singular mujer hallara en el trabajo, única
ilusión permanente de la vida, el consuelo y la compensación de
sus dolores.
Y termina D. Rafael rememorando su infancia.
Ya apenas quedan señales de aquella casa del
Boquete, que se ve a la derecha de la fotografía de la Plaza,
donde íbamos de chicos a por el chocolate de papel amarillo que
nos despachaba la Gregoria con su calma habitual.
MANUELA SÁNCHEZ MATEOS
MARCHANTE
" LA CANTERA"
En este capítulo de mujeres
representativas, no puede aventajar ninguna a <La Cantera> en
interés para la población, porque si bien todas alcanzaron
prestigio y consideración merecidísimos dentro de la
localidad, ninguna extendió a tanta distancia como ella el
nombre del pueblo, pues aunque la industria de las tortas no
estuviera exclusivamente en sus manos, es lo cierto que en ella
se concentró la fama que afortunadamente perdura en toda España.
Era hija de Mariano el Cantero y por lo
tanto sobrina de Ezequiel, (Petardo), padre de Estrella, hermana
de José María, el maestro de la música, y de la Petra, madre de
los Albercas de la calle Castelar.
Se casó con Lope Tejero Palomo, gañán y
luego calderero en la Estación, que murió el año 1894, dejando a
la Manuela con 8 hijos de 10 que habían tenido, y una viñeja de
mala muerte. Pero ya funcionaba el horno porque la Manuela había
aprendido de su madre Carmen a hacer las tortas y tenía guardado
el secreto de la fabricación y las unidades de peso que eran
cantos, pues como dice Antonio, el sistema métrico decimal no
entró nunca en su casa.
Procedente de una rama robusta de
trabajadores de nuestro suelo, supo infundir en sus tortas todas
las virtudes del secano de su tierra, cuyos productos alcanzan,
increíblemente en un ambiente reseco, una dulzura
exquisita sin empalagosería, que no tienen en los regadíos; una consistencia
más compacta pero con un punto de esponjosidad que los hace más
sabrosos, unos colores mucho más puros y brillantes y un aroma
penetrante y delicado. Nuestros productos son menos, pero ¿donde
van a parar los frutos de las grandes huertas con los
productos de la tierra?...
Los melones, las sandías, los tomates, las
uvas, las habas, las lechugas... y las tortas eso son; un
exquisito producto de secano que se ha acreditado por su bondad
insuperable, pero que no hemos sabido colocarlas a la altura de
sus merecimientos y que por nuestra indolencia en dar a
reconocer lo autentico, circula desfigurado por muchos sitios
con detrimento de la mercancía y del pueblo que le da nombre.
Los Canteros sacaron y labraron todas las
piedras de nuestras canteras, y cuando decreció el oficio
hicieron la Cantera de las tortas, inagotable filón y esplendida
hazaña de una familia optimista y jovial, gozosa de vivir, de
buena conformidad en todo tiempo, dando alegremente a su
pueblo,-- como Dios manda, pues ya se sabe que Dios ama al
donador alegre,--el fruto de un trabajo que cubre a la ciudad de
honor y simpatía ante propios y extraños. Y el pueblo haciendo
honor a su psicología, lo aprecia pero lo ve como una cosa
natural y como el que todo lo merece, no hace nada para
fomentarlo, para consagrarlo y defenderlo de las mixtificaciones
extrañas, como si no fuera su nombre y su interés los
perjudicados.
Los turrones de Jijona, los membrilleros
de Puente Genil, los mieleros de Brihuega y en general los
elaboradores de productos selectos de todas partes, aunque
trabajen independientemente , se unen y toman medidas para
defender la autenticidad de sus marcas que son signo de pureza y
bondad garantizada para los consumidores y riqueza para los
fabricantes. ¿Que tendrá nuestro espíritu para ser tan
abandonado?
Grande, inmensa es la gratitud que las
tortas merecen de todos los alcazareños.....
La Manuela fue una fiera para el trabajo,
de un genio tan fuerte como grande y noble de corazón. Trabajaba
desde las dos de la madrugada y no tomaba más que una patata
cruda hasta la comida de mediodía.
Crió y caso con holgura a sus ocho hijos,
a cuatro de ellos por dos veces, porque enviudaron. Fue
esplendida hasta la prodigalidad y sin embargo pudo comprar una
casa a cada hijo y dejar abierta la fuente de las tortas que le
producía catorce duros diarios ¡en aquellos tiempos! en los que
no todo el mundo comía bizcochos ni todos los días y vendiendo
las tortas a 30 y a 60 céntimos. ¿Cuánto trabajaría la Manuela!
Con motivo de los obsequios de tortas
hechos por su primo Estrella (siendo alcalde) a S. M. el Rey
(Alfonso XIII) a su paso por la estación, fue galardonada con el
título Proveedora de la Real Casa.
Acudió con sus productos a varias
exposiciones nacionales y alcanzó cuatro premios en Barcelona,
lo que acredita sus elevadas miras y lo satisfecha que estaba de
su fabricación.
Esta benemérita alcazareña murió el 24 de
Junio de 1921, a los 79 años.