En abril de 1962 se publicaba por
su autor el Fascículo XII continuando con el inmejorable estudio de los
"Hombres, Lugares y Cosas de La Mancha", referido a su pueblo
Alcázar de San Juan y su comarca. Donde entre otros apuntes,
relacionados acertadamente con las costumbres, los hechos y
vivencias en determinadas épocas, analiza uno acaecido en 1905,
denominándolo.
Azorín
y Alcázar
ENTRE
las efemérides de antaño, hay que recordar algunas singulares,
únicas en la vida del lugar y bien centradas en los tiempos que
consideramos. Aquellos en que Guerras,- D. Juan Álvarez Guerra,
nuestro gran indiano,- Salamanca, el banquero y Ribas, el
Marqués de Mudela , como empresarios, plantaron en nuestro
suelo la Y griega del carril de hierro, con su rasgo inicial en
Madrid y los finales abiertos aquí, hacia Levante y Andalucía.
Por ese carril vino todo a partir de entonces
y los alcazareños se quedaron como asombrados.
Además de Salamanca y Ribas, hombres de
acción que nos dejaron la Estación y las bodegas, vino por ahí
Salmerón, que rindió homenaje a su compañero de profesorado en
la Universidad de Madrid, el alcazareño D. Tomás Tapia. Vino
Canalejas, vino D. Melquiades, vino Gasset. Pasaron los Reyes y
los Gobiernos miles de veces, bien notadas por la concentración
de Guardia Civil que les precedía. Pasaron y posaron horas y
horas los repatriados de Cuba, pasaron de continuo las tropas de
África y pasaron infinidad de viajeros y mercancías de todas
partes.
Alcázar se hizo al ruido de los vagones y al
barullo de la salida de la Estación y contempló con calma todo
lo que pasaba, cobrando por ello fama de apático e indiferente.
Entre esa indiferencia pasó un día el Pequeño
Filósofo, de aire ensimismado, con sus cavilaciones.
El hombre hermético iba en realidad
enardecido, mirándolo todo, penetrándolo todo, queriendo
descubrir hasta en sus huellas minúsculas la señal de todo mal,
una verdadera locura en la que solo le había precedido aquel
Caballero del Ideal, cuya ruta se decidió a seguir y no solo por
La Mancha y Castilla el solar predilecto de sus andanzas.
Venía de Levante, con la mirada hecha a las
claridades mediterráneas y al verdor de los matorrales
alicantinos y por aquí había de pasar, entonces y ahora, para ir
y tornar a sus lares, recibiendo siempre el efecto alucinante de
la estepa. No es extraño que sintiera la tentación de apearse de
aquel tren mixto de a treinta kilómetros por hora para correr a
pie los caminos que veía desde la ventanilla y que el gran libro
del Hidalgo le había mostrado como los incomparables de la
quimera.
¿Que vio y con quién se encontró el Pequeño
Filósofo?.
Se encontró, sobre todo, con Alcázar de San
Juan, en el cruce de todos los caminos, los de hierro y
los de tierra, y le nombró Capital Geográfica de La Mancha,
haciendo gran merced, a usanza de los grandes caballeros,
enderezadores de entuertos y defensores de la Justicia.
Se encontró, también, con una familia de
campesinos,-campesinos por ser de Campo de Criptana,- joviales y
fantásticos, aunque ellos se llamaban Sanchos; los hermanos de
José María Gómez, el de nuestra Dositea, que con nombrarlo
basta.
En su final de la RUTA, que fue en Alcázar,
no se acordó Azorín de mentar a José María, cosa extraña por la
larga convivencia que tuvo con sus hermanos: Bernardo, el
boticario de Criptana y maestro de la Música, verdadero creador
del espíritu filarmónico criptanense que perdura y autor
de aquel himno a Cervantes, del que habló con insistencia
y tocó reiteradamente en el armonium del Cristo de Villajos,
durante la romería memorable que prepararon para agasajar a
Azorín entre D. Bernardo, D. Pedro, D. Victoriano, D. Antonio,
D. Jerónimo, D. Francisco, D. León, D. Luís, D. Domingo, D.
Santiago, D. Felipe, D. Ángel, D. Enrique, D. Miguel, D.
Gregorio y D. José, con larga fila de carros y galeras,
provistos de gavillas y sartenes, música de caracolas, abundante
merienda y bota.
El otro Gómez era Carlos, el boticario de
Argamasilla, presidente de su Academia cuando el Maestro Azorín
inició allí "La Ruta de D. Quijote" y se encontró, como el pez
en el agua, "entre aquellos hombres tan amables, tan discretos,-
D. Cándido, D. Luís, D. Francisco, D, Juan Alfonso y D.
Carlos",- que entre los olores de la botica mantenían "un hálito
de arte y de patriotismo" localista, siempre temeroso de que los
eruditos, alentados por los rencores pueblerinos, pudieran negar
a Argamasilla el honor indiscutible de ser la patria verdadera
de Don Quijote.
Azorín recorre el campo manchego.
Hace jornadas largas que comienzan temprano,
como Alonso Quijano el Bueno; "la del alba sería".
A las seis de la mañana sale de Argamasilla
hacia el Puerto Lápice, con su carrillo destartalado, tirado por
una jaca microscópica. El maestro Azorín ama esa hora, en verdad
única, en que, "el aire es diáfano y hay en la atmósfera una
alegría, una voluptuosidad y una fortaleza que no existen en las
restantes horas del día".
"La jaca corre desesperada, impetuosa, por la
llanura infinita desesperante" y a eso de las once, después de
cinco horas sin ver más que algún cuclillo por los majanos, el
Maestro Azorín entra en reflexiones sobre lo que pensaría Don
Quijote cuando en aquella mañana ardorosa de Julio "iba por
estos campos a horcajadas de Rocinante, dejadas las riendas de
la mano, caída la noble , la pensativa, la ensoñadora cabeza
sobre el pecho" porque "solo recorriendo estas llanuras,
empapándose de este silencio, gozando de la austeridad de este
paisaje, es como se acaba de amar del todo íntimamente ,
profundamente, esta figura dolorosa" y se
comprende que "Alonso Quijano había de nacer en estas tierras
y como su espíritu, sin trabas, libre, había de volar frenético
por las regiones del ensueño y de la quimera".
Y en estas meditaciones traspuso Villarta,
sobre las dos de la tarde. A las cinco entró en el Puerto y en
la posada de Higinio Mascaraque, ilusionado con alcanzar
la venta donde Don Quijote fue armado caballero.
El cuarto que ocupa Azorín en la posada es
pequeño, sin ventanas y se pone a escribir a la luz de una vela,
¡ después de once horas de carro !. Su abnegación queda bien
probada.
A las seis de la mañana sale de su cuchitril
y a las siete ya estaba en casa de D. José Antonio, el médico
del Puerto, hombre impregnado del efluvio quijotesco, como todos
las hallados por Azorín en su Ruta.
Van al lugar donde estuvo la venta y
examinan el solar haciéndose consideraciones sobre los
encuentros que tendría Cervantes en la venta "con pícaros, mozas
de partido, cuadrilleros, gitanos, oidores, soldados, clérigos,
mercaderes, titiriteros, trashumantes y actores" las veces
innumerables que en ella estuvo, y se despide de D. José
Antonio, hombre de achaques incurables, al que ve alejarse con
la tierna simpatía de lo que camina hacia su desaparición.
Azorín nos hace gracia del molimiento de su
viaje de vuelta del Puerto y nos pone camino de Ruidera, donde
se nos presenta en el mesón de Juan, después de ocho horas de
tumbos y traqueteos en el carrillo de Miguel, para ir en busca
de la cueva de Montesinos, donde se encamina muy de mañana
a lomos de rocines infames, a monte atraviesa, en un día
tenebroso.
Todavía había de hacer Azorín otra
caminata en carro, desde Criptana a El Toboso y hallar otro
grupo de cervantistas, los más acérrimos y menos académicos:
D. Silverio, D. Vicente, D. Emilio, D. Jesús, don Diego,
cuya indudable relación con el autor del Quijote, queda
patente desde el momento que allí se le llama sencillamente
Miguel, como es de rigor en todos los pueblos manchegos para
los nacidos en ellos y no fue poco que D, Silverio
transigiera con que Miguel fuera de Alcázar y que lo fuera
también Blas, su padre, aunque no el abuelo, porque el
abuelo de Miguel es de El Toboso, sin ninguna duda.
Azorín quiso echar la llave de sus
correrías en Alcázar de San Juan. Llegó en un día infernal,
de aquellos que decía D. Magdaleno que no andaban por las
calles más que los médicos y los perros, de viento
huracanado y frío, de impetuosas polvaredas que sujetaban al
viandante en la calle desierta y le cegaban,
envolviéndole en remolinos enloquecedores y no vio más que
algún labriego liado en su manta y alguna mujer con la saya
cobijada hasta las narices. El Casino desierto con las
estufas apagadas, sin nadie que atendiera sus llamadas. La
Fonda también sin lumbre y su cuarto helado, donde al
dejarse caer en el asiento sintió "todo el tedio, toda la
soledad, todo el silencio, toda la angustia de la campiña y
del pueblo".
Pero Azorín no ha olvidado a Alcázar de
San Juan, ni ha olvidado nada del suelo español sobre el que
arrojó abundante semilla y al ver, aunque sea por
casualidad, algo que pueda semejar algún brote ignorado de
siembras olvidadas, aflora en su mente el recuerdo de sus
antiguas andanzas, ahora llenas de ternura y simpatía, y
escribe, como soñando: "Alcázar de San Juan....".
Y Alcázar se lo agradece, Maestro Azorín.